Conociendo lo Desconocido: Maternidad y Creatividad en el Año de Aislamiento

Conociendo lo Desconocido: Maternidad y Creatividad en el Año de Aislamiento

por Margaret Zwiebach

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Nunca me ha gustado estar sola. Siempre ha sido una lucha para mí. Sin distracciones, mi mente se convierte en un lugar abrumador y a veces hostil, debido a un cóctel embriagador de extroversión, ansiedad y ADHD. Cuando descubrí el teatro, encontré ahí un lugar en donde las características que yo manejaba y esquivaba en mi diario vivir fueron celebradas como bendiciones de creatividad. Inmediatamente me sentí en casa. Me enamore de la comunidad del teatro, la camaradería de colaboración, y la meta compartida ‘del show.’

Desde allí en adelante el teatro formó una parte integral de mi vida. En la universidad participé en la creación de teatro, en mi maestría estudié teatro, pero cuando me mudé a Nueva York, lo que yo quería hacer era escribir. Mi amor por el teatro no había disminuido; al contrario, mi experiencia y mi educación me dieron la confianza y la inspiración de explorar mis propias ideas a través de nuevos medios creativos. No necesitaba nada más que una computadora, lápiz, y papel para realizar mis sueños.

Pero elegir el aislamiento dentro de los contornos íntimos de mi imaginación fue un reto que nunca había enfrentado antes. Empecé a pasar largas horas sola, mirando el cursor de la computadora parpadeando con impaciencia sobre la página en blanco, esperando mis palabras. Tic-tac-tic-tac-tic-tac. No me tomó mucho tiempo descubrir que para trabajar en este ambiente de retiro, necesitaba templarme con el compañerismo dinámico del teatro.

Después de todo, estaba viviendo en Nueva York, el corazón palpitante del teatro de los Estados Unidos. Comencé a ir a donde sea que el enjambre animado de directores, productores, dramaturgos, actores, directores de escena, técnicos, diseñadores, y estudiantes desenlazan su energía y su creatividad. Obras interesantes, obras aburridas, teatro experimental, teatro moderno, teatro antiguo, de todos ellos aprendí algo. Y después de cada aventura teatral comenzaba la travesía a mi casa, uniendome al empujón del metro, navegando las aceras repletas de gente, caminando a mi edificio, subiendo al ascensor estrecho hacia mi departamento, y sentandome en el sillón con mis perritos acurrucados a mis pies. Rodeada del zumbido consolador de Nueva York, finalmente me sentía en paz de estar a solas.

Pero en Marzo de 2020, en un dos por tres, Covid-19 nos encerró a todos completamente. Familia, amigos y vecinos desaparecieron y Nueva York se convirtió en una sombra de lo que fue. De repente mi esposo y yo estábamos totalmente solos en nuestro pequeño departamento— excepto, que no lo estábamos.

Compartimos entre los dos una almita tierna, sutilmente acogida debajo de mis blusas sueltas.

Juntos atravesamos el Parque Central, desierto y silencioso, para llegar a mi cita de ultrasonido de la semana veinte. Hacía frío ese día nublado y húmedo de primavera, pero subirnos en un taxi nos daba demasiado temor. Una página de papel pegada en la puerta del consultorio médico nos informó que yo tenía que entrar sola. Haciendo FaceTime desde la acera, mi esposo, sintiendo piedad de mi, fingió que podía ver el bombeo de sangre entrando y saliendo del corazón de nuestro hijito en la pequeña pantalla. Tome su mano en mi mano en nuestro camino a casa, la llovizna cayendo ligeramente sobre mis hombros.

Nuestra única conexión con el exterior era electrónica. La luz azul de las pantallas guiándonos noche y día. Nuestro teatro era Zoom, FaceTime, Instagram, Facebook Messenger, Tik Tok, YouTube y Animal Crossing. Cumplimos con las órdenes de cuarentena y el uso obligatorio de mascarillas, grabando, revisando y retratando nuestra vivencia en memes, fotos, y videos diseminados por las redes sociales. Pasé meses mirándome a mí misma en el escenario de las pantallas, notando cómo mi pelo crecía más allá de mis hombros y mi barriga sobrepasaba los alcances de mi ropa. Alegría y pena mezclados como agua y aceite. Nos buscamos uno al otro: “¿Están okey?” “Si, si, estoy okey, estamos okey.”

Se me hizo imposible escribir. De un golpe, las puertas a la creatividad–vulnerabilidad, curiosidad, e intimidad–se azotaron con la fuerza de la tempestad. No las podía abrir, ni las quería abrir. Tenía demasiado miedo de lo que podía encontrar detrás de ellas… y aún más miedo de lo que se podía escapar.

Pero la maternidad lo cambió todo, arrancó esas puertas de sus bisagras.

Yo di a luz en los últimos días de Julio de 2020. De repente me encontré en casa con una criaturita pequeña, mi corazón y mi cuerpo estallando de amor por él. Mis padres se pusieron en cuarentena y nos vinieron a cuidar. Ocho días después del nacimiento hicimos el Bris, el ritual Judío de circuncisión, en nuestro departamento. Transmitimos los rezos y las bendiciones por Zoom, lo grabamos y lo miramos una y otra vez. Fue tan extraño; introducir a mi hijo a su comunidad Judía con un rito llevado a cabo en aislamiento total, sin sentirnos solos. Nos sentimos acompañados por familia y amigos que cruzaron continentes a través del punto verde de la cámara de mi computadora para transmitirnos su alegría.

Mis padres se quedaron un mes con nosotros, mi papá trabajando y mi mama cuidándome. En la cronología alternativa, la que debería de haber sido, esa época juntos no hubiera sucedido. Mi mamá se pasaba todo el día, todos los días, a mi lado. Sin interrupción de visitas, invitados, amigos, eventos, y obligaciones sociales. Nuestro aislamiento nos dio el regalo de la intimidad. No teníamos a dónde ir ni que hacer, aparte de estar juntas. Y nunca la había necesitado más a mi mamá. No me reconocía a mí misma, me sentía como una desconocida total. Mi cuerpo, mis emociones, mi ciudad, mi país, mi vida, todo me era ajeno. Tranquila, mi mamá me acariciaba el pelo y me abrazaba mientras que yo lloraba por todo: por amar demasiado a mi bebé, o no lo suficiente, por el dolor físico, angustia, soledad y miedo, alegría aguda y culpabilidad profunda por haber bienvenido una nueva vida a nuestra familia mientras que el mundo se enfrentaba con una pérdida insoportable.

“Mal de muchos, consuelo de tontos,” decía mi mamá, pero sin embargo intentó consolarme compartiendo los retos de su primer año de maternidad. Me contó cómo llegó a California con mi papá en 1980, recién casada, apenas de veintiún años. Querían hijos, querían familia, y pronto ella quedó embarazada. Todos los días mi papá iba a la universidad y mi mamá se quedaba sola en casa. No tenía a dónde ir, ni que hacer, no conocía a nadie y no hablaba inglés. Cuando sonaba el teléfono, se escondía del miedo que le tenía a la voz del otro lado de la línea, exigiendo su comprensión. Mi mamá me contó que ella lloraba como yo lloraba. Que se sintió sola, asustada e insegura, como yo. Que no sabía cómo ser madre, como yo.

“Pero en verdad no estás sola,” ella me recordaba, “yo realmente estaba sola.” Me habló sin amargura, era un hecho, así era su vida, no parte de una telenovela. Me contó cómo aprendió inglés, poco a poco conociendo amigos, formando comunidad, avanzando con su educación, asistiendo a la universidad, completando una maestría, teniendo hijos, construyendo un hogar. Su vida cambió de una manera que ella misma nunca se podría haber imaginado de chiquita creciendo en la Ciudad de México. Así es la vida, me aseguró.

“Ni siquiera me lo puedo imaginar,” le decía mientras escuchaba sus cuentos, y realmente escuchaba. Llegué a entender que su habilidad de desenvolverse en un mundo nuevo a pesar de ser extranjera, a pesar del miedo, fue su fuente de fortaleza. Extranjera en el sentido de estar sola. De ser viajera. Exploradora. Desorientada. Novicia. Trasladada. Transformada. Como mujer, ella era todo eso. Como inmigrante, ella era todo eso. Como madre, ella era todo eso. Las cosas que la aislaban las utilizó para establecer los cimientos de su vida, para forjar los lazos de sus amistades, para construir los puentes de su entendimiento. Era extranjera pero no se dejó ser aislada.

Las circunstancias que convirtieron a mi mamá en extranjera fueron menos extrañas que las mías, pero su decisión de compartirlas conmigo me ayudó a ver mis vivencias de una manera inesperada. Mi mamá me enseño que con cada nueva experiencia de la vida, ordinaria o extraordinaria, como volverse mamá, o sobrevivir una pandemia global, escribir una obra de teatro o atenderla, te aísla de la persona que eras y te conecta con la persona que pronto serás. Lo que me hace sentir desubicada hoy me hará sentir en casa mañana. Todo depende de cómo elijo alquimizar mis vivencias, dejándolas atraparme en una red de aislamiento, o utilizándolas como vehículos hacia la intimidad. El tipo de intimidad que nace de la creatividad, que me atrajo al teatro; que me inspiró a escribir; que me bendijo con la maternidad. Y lo único que necesitaba para comenzar de nuevo a escribir, fue acordarme que a través de mis palabras aquí en esta página, quizás dos desconocidos, tú y yo, se pueden sentir menos solos.

 
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Margaret Zwiebach (ella) es una escritora y artista viviendo en Nueva York, completando su primera novela para niños de secundaria y corriendo atrás de su hijo y dos perritos traviesos. Se graduó de Wellesley College (Literatura Hispana y Rusa, BA) y de King’s College London (Estudios de Shakespeare, MA). A Margaret no le da ninguna vergüenza su amor por los programas de telerrealidad, la comida deliciosa, y sus varios pasatiempos artesanales. Toma inspiración de sus raíces Judeo-latinos y las culturas de los países de origen de sus padres, Perú y México.

Foto cortesía de Margaret Zwiebach